PERMANENCIA/

Moisés Jácome

La pintura de paisaje como género, ha tenido una evolución compleja. Si en sus primeras manifestaciones se enfocaba a la captura de la realidad de contexto por medio de intrincados recursos plásticos y visuales; en la actualidad, superado el problema de la captura y la representación, se ha centrado en aspectos subjetivos que intentan darle presencia a la vivencia simbólica de nuestro entorno.

Se dice que no existe el paisaje si no hay una mente que lo perciba, de tal manera que la captación del medio adquiere cualidades subjetivas que se desprenden de nuestra personalidad y de un complejo sistema de fenómenos simbólicos.

El paisaje ya no es un panorama inamovible, sino un modo de enfrentamos a los estímulos de lo que nos rodea. Esta evolución del concepto ha hecho que el género en el arte se expanda. Y en el caso particular de la pintura, se ha abierto un espectro inagotable de sentido.

La obra de Moisés Jácome sin duda se ubica en esta vertiente. Logrando detectar un filón que transciende visiones reduccionistas del género. A partir de su vivencia cotidiana ha dado con mecanismos, estrategias y métodos para captar y reconstruir el entorno.

Al enfrentarnos con su propuesta podemos percibir distintos niveles de aproximación a su temática. En primera instancia, existe una constante que se asocia a elementos básicos del paisaje. El uso de la perspectiva atmosférica, la línea de horizonte y los puntos de vista sobrepuestos. Más allá de estos aspectos de forma, su plataforma discursiva se apoya en procesos de pesquisa, apropiación y reconstrucción de la imagen.

En su propuesta podemos ver una clara propensión hacia la captura y exaltación estética del deterioro del paisaje, sobre todo aquel que se puede encontrar en zonas conurbadas destinadas al confinamiento de deshechos automotrices.

En sus imágenes podemos ver una suerte de crítica velada hacia las sociedades anhelantes de ser consideradas como parte del mundo industrializado. Pero más que eso, lo que se confirma es una condición de dependencia que finca su sentido en el consumo desmedido y en la incapacidad de ver hacia el futuro.

Moisés, como ente urbano, pero sobre todo como artista. Ha desarrollado un modelo de construcción del paisaje que se basa en la detección del deterioro como una forma de exploración estética. Una suerte de práctica freegana que inicia con el padecimiento de la realidad pero que, en un afán de supervivencia, ha revertido la agresión de los estímulos ambientales por medio de propuestas reveladoras que permiten al espectador de su obra tomar conciencia de realidades que van más allá de las apariencias.

En su trabajo se puede detectar esa mirada escrutadora que por medio de cámara, exploración o pesquisa en redes, logra dar con esos elementos visuales que ven en la decadencia una paradoja de vida.

Transcendiendo la simple captura del medio, Jácome nutre su obra con alusiones, citas y recreaciones de pintura de otros artistas. Logra así conformar “refinados” palimpsestos en los que se puede percibir lecciones de historia del arte vinculadas a decadentes paisajes apocalípticos.

Con la obra de Moisés tenemos un ejemplo claro de lo que el género de paisaje está aportando. Modos de reactivación simbólica del imaginario urbano, diálogos entre las genealogías pictóricas, estrategias de transito y supervivencia estética en entornos hostiles y, sobre todo, una tétrica mirada paradójica, donde los desechos de nuestras sociedades se muestran “tocados” por el poder de la pintura. Disciplina que no deja de aportar revelaciones, formas distintas de posicionarnos ante la realidad. Nada de optimismo; solo hálitos, estertores de vida como evidencia de que ya, se quiera o no, el futuro nos ha alcanzado.

 

 

 

Julio Chávez Guerrero

CDMX. Abril del 2019

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